Posteado por: francescalasarte en: 06/17/2007
Durante el último año de universidad (el quinto) uno de los retos era producir un libro de investigación. Mientras la mayor parte de la promoción decidió avocarse a la vida de algún político, yo preferí imbuir al mundo en el alcohol que rodeaba el mío. Así que opté por cronicar la existencia de uno de esos bares malaspectosos, chinganeros, confesores y tatuados en el alma de la ciudad: El Pollo Pier’s.
Este proyecto fue supervisado por el conocido cronista Julio Villanueva Chang y elaborado contra el reloj en 5 meses. El mapa del libro se planeó finalmente para que contuviera 5 capítulos, un intermedio, una memoria, prólogo por alguien importante, algunas fotos, un repaso a vuelo de pájaro por la memoria visual del lugar y un glosario para los que no entendían la mitad de lo que estaba escrito. Para la redacción, luego de darle muchas vueltas, decidí optar por una voz personal que pudiera moverse con libertad por el argot de la ciudad, sin perder la rigurosidad periodística en ningún momento. Esta combinación, afortunadamente fue la clave para que el libro (finalmente titulado “2+”) obtuviera un resultado positivo. El texto no sólo se ubicó entre los favoritos de la facultad, sino que logró el cometido principal, según las críticas: ser un bodoque de 250 páginas que te destornillara de risa en algunas partes, te contara los detrás de cámaras en otras y te pusiera en esa posición incómoda de reconocerte uno más en la fauna de la ciudad.
(cap1, inicio)
Durante más de tres años, mi madre pensó que todos los sábados iba a comer pollo con mis amigos. Y, posiblemente, podría seguirlo creyendo de no ser porque alguna vez se me ocurrió invitarla a que conociera el sitio donde tanta gente guarda recuerdos. Recuerdos, así sin más especificación, porque en las mesas del Pollos (y barras, y baños, y pasillos y lugares ocultos) cada quien ha tenido experiencias buenas o malas y algunas demasiado inclasificables como para resumirlas con uno o dos adjetivos. Cuando le dije a mi madre que antes de irme de viaje teníamos que ir a tomar una chelita al Pollos, ella puso una de las caras de desconcierto más grandes que ha puesto desde que la conozco y, sumamente conflictuada, me preguntó: ¿Pero cómo? ¿Ahí no venden comida?
Y Bueno. Decir que no venden comida sería también mentir, porque el Pollos, de todos los bares, chupódromos, chinganas, chilingues[1] y asociados tiene, sin duda, unas papas fritas de antología. Y además venden chicharrones, y menú al medio día y, en más de una ocasión, don Pedro me ha comentado que tiene ganas de abrir ahí durante el día una cevichería. Pero me estoy adelantando a las cosas. Es cierto que es sencillo perder el tiempo propio en el Pollos, uno de los más ilustres, destartalados y queridos bares de la Calle Porta en Miraflores y, creo que sin exagerar, de la Lima universitaria. Y es cierto que, de cuando en tanto, a uno se le da por recuperar los tiempos de otros. Pero, por sobre todo eso, en gran medida los sucesos y la evolución que me toca ahora relatar necesita de un orden (un tanto ilógico) para no perderse de nuevo en su matriz caótica.
El Pollos es caótico. Para qué vendar los ojos lectores y menos aún mentir diciendo que las acciones, los cambios, y la vida dentro y alrededor de él es tan ordenada como puede ser la de un político o la de un economista. No. En absoluto. Aunque en bien de la sanidad mental de estas páginas (de quienes la leen y quien las escribe) a veces me gustaría que así fuera: simétrico, claro, limpio, ordenado. Pero, cualquiera de estos adjetivos aplicados al Piers sería prácticamente como un baldazo de DDT sobre el hormiguero. Simétrico, claro, limpio y ordenado son justamente antónimos absolutos de lo que es ese bar. Un lugar que es más bien una geografía atribulada, rellena con una colección variada de especímenes y especies que representan varios de los estigmas y luminarias de la llamada cultura juvenil de finales/principios de siglo
(cap 4, final)
Familia, amigos. Quizá, por encima de las visibles carencias y de las más ocultas rengueras del Pollos, estás sean las dos palabras claves del bar. Porque, más allá de ser universitario, es un bar de amistad. Un lugar extraño, es cierto, donde se combinan especies y tendencias pero donde «dos más» siempre son bien recibidas como pretexto para nunca irse.
Renzo Lancho me contó que una vez estaba en el Pollos con sus amigos, en una borrachera tremenda cuando llegó la hora de cerrar el local. Porque, aunque no parezca, el Pollos Pier sí cierra, aunque sea por unas horas, a eso de las cinco de la mañana los fines de semana. Así que, Renzo y sus amigos, en su calamitoso estado, fueron advertidos para que se terminaran de una vez los vasos. Estando en el último cuarto (el ex-torturas) y aprovechando la estrecha puerta que esa habitación posee hacia la calle, decidieron evitarse toda la vuelta hasta la puerta principal y salir simplemente por ahí, sin molestar a nadie. Y llevándose una silla con ellos.
Nadie sabe realmente porque la tomaron. Todo lo que se recuerda es que cuatro cuadras más tarde, alguien se dio cuenta de que, a lo lejos, una figura pequeñita venía gritando «¡Mi silla! ¡Por favor, devuélvanme mi silla!». Y, a pesar de que devolvieron la bendita silla, lo cierto es que no era el objeto en sí lo que importaba. Y es que lo que sucede, al fin y al cabo, es que sobrios o borrachos, lo que cuenta es llevarse siempre algún recuerdo del Pollos Piers.
(extractos del “intermedio”)
La primera vez que escuché la canción de los Beatles «Eight days a week»[2] no llegué a entender completamente de qué se trataba la cosa. Tenía yo alrededor de cinco años y la idea de que una semana tuviera ocho días me parecía bastante extraña tomando en cuenta que acababa de aprenderme con gran esfuerzo los siete días de la semana en inglés. Tuvieron que pasar años para que el significado se volviera claro gracias a que en el colegio se les dio por enseñarnos logaritmos y entonces descubrí que una clase de una hora puede durar el equivalente a un año.
(…)
En el Pollos pasa eso, o algo muy similar. Ocho días caben en una semana. Y mil y tres mil historias también, porque si las historias son tantas como los actores, la cantidad de tiempo para narrarlas implicaría que la semana tuviera que acceder a cedernos un nuevo día más. Un octavo día de yapa[3]. De todos modos, es divertido ver cómo cada día, a su vez, tiene una historia, un espíritu propio. Como si, a pesar de que cada protagonista actúe de un modo particular, todos tuvieran una especie de guión similar.
[Lunes]
Locos por cambiar el mundo.
Lunes, once de la noche. El Pollos lleva abierto ya muchas horas, pero la clientela no ha aumentado más allá de los dos primeros y obvios salones. La gente del lunes es variada y, por lo general no hay parejas ni grupos grandes. Mesas de cuatro son suficientes y de cinco ya es casi un escándalo, a pesar de que, los sábados, ese número puede llegar a parecer ridículamente ínfimo. Los lunes el Piers es un buen antro para conversar, para desquitarte de toda la basura que te echa encima el trabajo, la universidad, la casa o cualquier otra institución. Porque el mundo está mal, las cosas están saliendo a las patadas y nada te parece bonito[4]. Entonces lo mejor que hay es un vaso de cerveza BIEN fría. Y dos y tres y más y, cuando se sobrepasan los cuatro, uno ya está encaminado hacia la verdadera intención lunática del Piers del primer día de la semana: arreglar el mundo.
[Martes]
El gileo después del cine
El martes no debería ser diferente al lunes, pero, a las once y media, nuevamente, el Pollos tiene un salón más abierto y con bastante gente. Las risas siguen retumbando y diversos grupos se han apoderado del lugar. Esta vez las mesas son más íntimas. Pocas de a cuatro y muchas de a dos. En la más grande y escandalosa, ubicada exactamente al otro extremo del lugar donde nos encontramos nosotros, pegada a la esquina de la calle, hay un grupo de hippies bamba tratando de llevar a cabo algún rito de apareamiento.
(Miércoles)
No pasa na’
Alguna vez en una clase de redacción periodística una profesora (me abstengo de recordar quién) nos dijo que el día miércoles es el más aburrido SIEMPRE. Cuando a alguna empresa se le ocurre sacar una nueva publicación o remodelar un diario, el equipo a cargo se pone como reto diseñar un periódico interesante y atractivo para el miércoles, porque, excepto por contadas y extraordinarias excepciones, periodísticamente, el miércoles es el día con menos atractivo de la semana. Y al parecer este criterio reaplica al Piers también
(…)
Los grupos son de cuatro o cinco personas y se ve que esta noche el zoo está dominado más que nada por universitarios que toman y hablan de cosas poco trascendentales. Chismes locales y exámenes aplazados. Ninguno de los amigos nuevos o viejos anda por ahí, así que, luego de un rato y unas vueltas, tomo otro de los caminos propios de las enseñanzas del Pollos Pier: dar una vuelta, buscar conocidos que te inviten chela, saludar tal vez a otros no tan conocidos y, si no hay suerte, decir buenas noches y salir. Nadie te obliga a quedarte. No hay que dar explicaciones par irte. A lo sumo, si vas frecuentemente, algún mozo, al pasar a tu lado dirá ¿Qué pasó no estaban tus amigos? pero nada más.
(Jueves)
Después del conciertito
El jueves es un buen día siempre y cuando no haya fiesta después del concierto. Sí, porque la gente los jueves suele darse una vuelta por el Pollos más que tarde, temprano y luego brincar hacia algún concierto por ahí, generalmente en el mismo Miraflores o en Barranco. Según la cultura popular, es bueno llegar a las presentaciones algo empilado porque, de alguna forma estúpida, la música se disfruta mejor y los cuatro minutos caminando o en taxi hasta llegar al lugar parecen divertidísimos, llenos de excitación. Y lo cierto es también que tomar en el Pollos Pier será siempre más caro que tomar en una bodega, pero indudablemente siempre más barato que intentar pedirse un trago en alguno de los locales adaptados a concierto-bar.
(Viernes)
Hace más de un año, no?
Hay algunas historias, por no decir muchas, que no empiezan el Piers, pero que continúan ahí y, además, permiten a otros iniciar las suyas. Eso es, por ejemplo lo que puede pasar un viernes cuando, de pronto, recibes la llamada de uno de esos amigos que no ves hace más de un año, o dos.
Héctor y yo solíamos pasar todo el día juntos durante mucho tiempo, hasta que mis amigas empezaron a reclamar más y más espacio y él a perder poco a poco el suyo. Luego siguieron las cosas y, de pronto, dejé de encontrármelo en el Piers. Al año y un poco más me llegó el parte de su boda y ahora tiene un hijo que se llama Sebastián.
(sábado)
conversaciones y sexo
Para hablar del ambiente del sábado en el Pollos simplemente hay que coger todo lo dicho el viernes y poner sufijos aumentativos a cada palabra, signos de exaltación a cada frase y muchas cervezas más en todas las mesas. Porque en Lima, al parecer, tenemos la costumbre de que la verdadera juerga sea los sábados, sin que esto se vea afectado o aminore porque vengas chupando desde el lunes. Así como los jueves, que el Pollos sirve para hacer previos antes del concierto y aterrizar después, los sábados cumple la misma función, con la ligera diferencia que, en vez de tocada, la gente va a bailar un poco por ahí y después regresa.
(…)
Pero el sábado, con el exceso de alcohol y el descenso de juicio y de moral, es también un día excelente para encontrar algo más que amor. Es decir, sexo.
(Domingo)
Que Dios nos ampare: una resaca de señor y padre mío.
Si por una vez en la vida tuviera la oportunidad de tener a Hemingway o a Buckowski delante (resucitaditos) les pediría, de rodillas, la receta para evitar la resaca. Porque el domingo puede ser un día santo para los cristianos, pero, hasta al más pagano debe de habérsele escapado una plegaria al cielo mientras la resaca lo ataca con toda su fuerza.
(..)
«Dos cervezas, por favor!», se pide el domingo. Porque el rito en sí está en demostrar un poco de respeto en comparación a los días pasados. Respeto hacia los amigos, hablando y escuchando sin gritos; a uno mismo, tomando con gusto y no con exceso; y hacia la cerveza, saboreándola, dándole su lugar, admirando un poco su color y, finalmente, llamándola por su verdadero nombre.
(El octavo día)
Sé que en alguna parte debe de estar este octavo día que resulta de la acumulación de todas las horas perdidas, o ganadas, en el Piers. Pero tengo la impresión que ese octavo día (mismo trinidad divina) tiene tres caras o tres formas de ser.
La primera que se me ocurre es que sea sólo otro feriado más, declarado a última hora por la presidencia del país.
(…)
Por otro lado, el octavo día del Pollos también podría ser todo aquello que es un bar y no es el Piers. Como, por ejemplo, los salones cantinosos con el piso cubierto de aserrín. Porque el Pollos podrá estar desordenado y tener siempre esa apariencia de escolar desaseado y legañoso, pero nunca nadie ha visto aserrín y son pocos (y mal vistos) los que sacuden el vaso una vez que se termina la chela.
(…)
Otra posibilidad, claro, es que el octavo día sea una dimensión paralela en la que don Pedro, finalmente, haga las de Dios creador y, luego de contemplar la barbarie engendrada en los anteriores días, se siente satisfecho y descanse
(…)
Pero, por ley, en alguna parte, el octavo día de los mozos debe de andar por ahí, a pesar de que en la entrada del Piers, un cartel hecho a base de plumón azul sobre cartulina, grite la condenada y gozosa lapidaria:
POLLOS PIER
HORARIO DE ATENCIÓN:
DE LUNES A DOMINGO
[4] En referencia a la última canción de Jarabe de Palo: Bonito. Del álbum del mismo nombre y con el coro: «Bonito, todo me parece bonito»