Lasarte, Francesca

Un solar llamado Boulevard

Posteado por: francescalasarte en: 06/17/2007

Las casas que envuelven el solar no se preocupan más por serlo. Han tapiado sus ventanas, evacuado a sus habitantes, remodelado sus entradas y maquillado sus vidas, hasta auto convencerse de ser promesas de luces, cerveza, música y diversión.

(…)

Para que las calles estén llenas y los lugares a tope, hay que esperar a las noches de fin de semana, más o menos hasta promediar las once u once y media. Entonces, los vacíos lugares de aparcamiento empiezan a llenarse desordenadamente con carros que dejan escapar mixturas de sentimientos y melodías que saben a trago y a mayonesa: la canción que está de moda en todo antro bailable de Lima. Las cuatro o seis bancas esparcidas de un lado del solar (el que tuvo más empeño en realizar la metamorfosis a plaza) se ven invadidas también por pequeñas tribus de adolescentes que, al mismo estilo de las viejas comunidades peruanas, realizan rituales de embriaguez, tomando del mismo vaso o, si no hay, de la misma botella. En los bares, ubicados generalmente en los primeros pisos y con amplias ventanas o puertas a la calle, brindis ceremoniales semejantes se alzan y se rebalzan, pero en manos de otros que ya superaron la época del acné.

Los planes son concretos para esa noche: conquistar alguna germita. No importa su edad ni su talla, mientras esté rica o, por lo menos, fácil. En ausencia de toda fémina sola en el perímetro de las bancas o los bares, las estrategias se arman a gritos, mientras exaltados, con las hormonas a flor de piel, los cazadores otean el aire calculando donde podrán encontrar a la presa.

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Cuenta la historia que antes de ser Boulevard, aquél solar del que hablábamos al principio tenía menos aspiraciones a plaza, pero más funciones como esta. Y es que la zona en la que ahora la palabra «límite» se desvanece durante el reinado de la noche, era antes un tranquilo barrio residencial, cuyo único pecado era albergar un par de pollerías.

Las parroquianas, pacientemente, esperan hasta que, extendiéndoles la mano y mirando hacia la pista con ese gesto universal que resume el pedido opacado por los decibeles: «¿bailas amiga?», que algún galán de turno las libere de sus asientos. «Podríamos bailar solas.» -dice una chica mientras se pone los pantalones más en la cadera y se sube un poco el polo frente al espejo del baño -«pero eso no se ve bonito en una señorita» -aclara, antes de salir apurada a buscar pareja, pues ya está sonando la Mayonesa.

Pero si la technocumbia es la reina de la fiesta el rock en castellano no se hace esperar como su real consorte. La gente se mueve, se retuerce, corea las canciones y, cuando suena «Triciclo Perú» (himno marginal limeño, interpretado magistralmente por «Los Mojarras») el éxtasis llega a su punto máximo. La identificación es plena; el sentimiento, total: un vaso de chicha, un buen reloj, mientras el microbusero impulsa estos pistones llamados Perú

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