Posteado por: francescalasarte en: 06/17/2007
¿Qué es lo que hace tan atractivos esos 131 minutos de violencia, sexo y Ludwing Vhan? Pues, posiblemente, la atemporiladad. La historia de Burgess, “imagenizada” por Kubric carece de un momento histórico. A pesar de que las referencias son obviamente a una Inglaterra futurista a-setentada, la historia de la Naranja y, más aún, el pequeño Alexander son entes universalistas: existen, han existido y lo más seguro es existan hasta la eternidad.
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Lo que queda luego de treinta años de mecanismos lactosos es justamente esa perturbante sensación de cercanía con la actualidad. La Naranja es una de esas obras indelebles.
Y (a pesar delas nuevas similitudes) me atrevería decir que, más que el libro, la película. El libro es una pieza elocuente, trabajada con capítulos repartidos según numerología y contada bajo una tesis de maduración y crecimiento muy a lo libro de autoayuda en el que todo tiene un final y ese es el cambio.
La película es más honesta. Termina un capítulo antes de la redención narrativa de Alexander y nos deja la moraleja más real, que es la del «no – cambio». Alex se sale con la suya. Le regresan todas sus antiguas facultades y pasiones y, lo más importante, es la misma sociedad que tanto desaprobaba sus actos la que lo hace. Como en un círculo vicioso. Y en un círculo no hay cambio.
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Todas las canciones de amor versean el que “todo tiene un final” y, a lo largo de nuestras gordas enciclopedias de historia, es cierto que hemos cambiado muchas veces de vestidos. Pero, en el fondo, seguimos siendo los mismo bárbaros del principio de los tiempos. Somos un círculo vicioso. Nuestro intento de cambio siempre se queda en un eco y la barbarie (tal y como se puede comprobar en cualquier canal de TV) es, al final, aplaudida por la infame sociedad.
Y Alexander de Large lo resumió todo a una expresión:
Oh, sí, ¡Estamos curados!