Lasarte, Francesca

Mamá, todos nos vamos a morir

Posteado por: francescalasarte en: 06/17/2007

Devuélveme el Rimmel, Peter Pan, o quizás no, quédatelo, te lo regalo. Hace falta valor, dentro de todo, para poner de moda nuevamente el maquillaje de Robert Smith. Tampoco tienes que crecer, menos aún si es para convertirte en un adulto que se niega a dejar el país de Nunca Jamás. Mejor quédate así, en ese limbo entre ser colocado por los adolescentes como el héroe del año y por el New York Times como un tour de forse luego del 9/11. Concretamente, hablamos de Gerard Way: vocalista de My Chemical Romance; que con el The Black Parade confirmó dos cosas importantes: 1) Que sólo puede haber UN Peter Pan en una banda de niños perdidos 2) Que el rubio le queda muy mal. Sin embargo, con todos los reflectores encima y a sabiendas de que la mitad del mundo espera que su tatuaje emo acabe por hundirlos, los My Chemical (quién sabe si por tener su own personal Jesús), no se tambalean al caminar sobre el agua. The Black Parade recoge la piedra lanzada en el 2004 por el American Idiot de Green Day y transformando la consigna hasta crear su propia nouvele opera-monstruo. Un recorrido sinado por 13 canciones más un básico y paródico hidentrack. Por lo demás, el hilo conductor de esta pieza no es ningún secreto para nadie. Desde el momento en que My Chemical reveló el primer single (el casi homónimo “Welcome to the black parade”) en la azotea del pre-show de los premios Mtv 2006, hasta las declaraciones acerca de los tres años que le llevó a la banda dar forma final al desfile, el tema necrótico se veía venir. Tanto 3 cheers for sweet revenge como en I Brought you my bulets you brought me your love la obsesión con crear un soundtrack adolescente que acompañe Poe se dejaba palpar. Y The Black Parade la canaliza. Hay sonidos que recuerdan instrumentos de nombres tan empolvados como “clavicordio” o “pianola” entrelazados en un disco que, en su canción emblema, usa 126 pistas a la vez. Y las usa bien. Baladas que tiene la fuerza de esas que le salieron bien Aerosmith (con guitarras punzantes y sin salvar la tierra de meteoritos) y cabalgatas épicas que rescatan algo del metal; marchas castrenses y afectados coros chiclosos. Ingredientes que se complementan con áreas vocales se vuelven más poderosas y precisas que en intentos anteriores, rindiendo decidido tributo a Queen. The Black Parade funciona. La nauseabunda cantidad de dinero generada por las ventas no es una razón confiable para probarlo, pero un par de escuchadas libres de prejuicios, sí.
La música funciona como un disparador creativo, pero el verdadero aporte del disco no está tanto en el “clásico instantáneo” que la revista Blender les dice ser. Está de encubierto en aquello del post 9/11: The Blake Parade es la celebración de una generación a la que no le toca ver de la mortalidad como el poético suicidio de Cobain en los 90tas, sino como la pequeña tragedia que le aguarda en alguna parte del camino. Sin importar cuantas veces reescriba su destino.

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