Posteado por: francescalasarte en: 06/17/2007
Desde que Jann S. Wenner pasó de ser un grupi al creador y editor de una de las publicaciones musicales de mayor éxito en el mundo nosotros hemos cambiado unas seis o siete veces de presidentehan corrido un poco más de treinta años. Tres décadas a través de las que el rock, punk, disco, metal, wave, pop y demás ruidos (hermosos y malditos) han ido ametrallando las páginas de Rolling Stone, robándose espacio, marcando con sus explosiones parte vital de la historia contemporánea: la historia de la música comercial.
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Argentina despertó primero haciéndose en 1998 de una edición local de RS que —siempre con meses de retraso— llegaba de vez en cuando a algunas de las escasas tiendas especializadas de nuestra capital. Ahora es el turno de Colombia.
Podría haber sido Perú, pero, literalmente, se nos pasó la combi. Discusiones, negociaciones infructíferas con la empresa editora del Grupo El Comercio y demás peripecias llevaron a la producción central de RS a mudar sus expectativas de nuestra atribulada ciudad a otra capital inestable y rutilante: Bogotá.
Colocada en medio de las guerrillas y el narcotráfico, Bogotá aceptó con más entusiasmo que Lima la gris la propuesta de elaborar en tiempo record (dos semanas) un número cero y sacar luego, en otra carrera, la primera edición de Rolling Stone para Venezuela, Panamá, Ecuador, Perú y, por supuesto, para el propio deleite de los colombianos.
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Decir que es más de lo mismo sería una pretensión que ya nos gustaría poder atribuirnos. Porque, lo cierto es que en Lima tanto las notas como las revistas musicales que circulan son escasas, inconstantes y carentes de todo el aparto transnacional que soporta la Rolling Stone permitiéndole tener en portada a la Echeverri vestida de virgen o Iggi Pop coronado rey de los sapos. Más de lo misma vieja fórmula de Wenner, sí: y con mucho agrado. A pesar de no llevarnos las palmas de producirla en nuestros propios cubiles peruanos, al menos ya podemos tener mensualmente en las vitrinas la fórmula que hace de Rolling Stone una clásica para los melómanos ilustrados. La misma fórmula que la pone en el pico de ventas desde hace treinta años. Los treinta años que la veníamos esperando.