Posteado por: francescalasarte en: 06/17/2007
¿MoVidA o mOviMieNto? Desde su llegada a Lima en los ochentas las cinco letras del «punk»no han cambiado en absoluto, pero la forma de entender el punks, sí. Veinte años después de que Leucemia izara su banderita anárquica ¿qué diablos ha pasado con el punk en nuestra capital?
Primero que nada, se calló. En las dos acepciones, si lo prefieren: porque tanto se calló (del verbo: no digo nada) como se calló (de la metáfora «me voy de narices contra el suelo»). Al terminar los ochenta el punk era una cuestión pasada de moda, resinosa, abandonada a su suerte entre las alcantarillas aún invisibles de Quilca y demás focos de infección punkeke.
Para esto, ya el punk había llegado a Lima con atraso, como casi todo a partir de la nebulosa época del gobierno de las Fuerzas Armadas. Mientras los militares se mantuvieron arriba cualquier canturreó venido de fuera era considerado como «peligroso» y «alienante». Óptica desde la que, si a Santana se le vedaba la entrada, a Sid Vicius (vocalista de los Sex Pistols) se lo ponía, más o menos, en el papel de anticristo albino. La toma del poder de los militarse no sólo cortó la posibilidad de entrada de música extranjera sino que, entre otra de sus beldades, extinguió la fuerte -pero poco conciente de sí misma- escena rock nacional que se venía gestando desde los sesentas. Sólo con el regreso a la destartalada democracia, el punk ingresaría a Lima, echando de inmediato raíces en una juventud harta de todo y, en especial, del stablishment.
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